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Las afortunadas Islas Canarias desde una peculiar mirada hacia sus lugares más emblemáticos, su gastronomía, su historia, sus gentes y sus costumbres

jueves, 11 de febrero de 2010

El Carnaval, religión oficial de Tenerife

En estos momentos -víspera del Carnaval de Tenerife- recuerdo a un viejo y gran amigo de mis tiempos universitarios -que por fortuna aún conservo-, de procedencia extremeña, concretamente de un pequeño pueblo cacereño llamado Piornal.

Frikis en Tenerife (Foto: Nami Shion)

Recuerdo que era llegar el mes de enero y el pobre hombre no tenía otra cosa en la mente que no fuese Jarramplas -una increíble fiesta pagana que yo tuve el honor de disfrutar un año-. Pasada esta celebración, que si no recuerdo mal siempre tiene lugar los días 19 y 20 de enero, el bueno de mi colega se tiraba todo el resto del año hablando de la susodicha fiesta, enseñando fotos, vídeos, pósters, canciones y todo tipo de motivos relacionados con Jarramplas. Algo que, después descubrimos, no era motivado por una enfermedad, al menos no una individual, ya que en su pueblo todo el mundo vivía estas fiestas con la misma pasión. Podría decirse que más que una celebración, Jarramplas es para los piornalegos una especie de religión.

Don Carnal llega a Santa Cruz

Todo lo anteriormente expuesto viene a colación de una sensación que, en una expresión obviamente infinitamente menor, estoy experimentando yo este año con el Carnaval de Tenerife.
La verdad es que en mi puñetera vida he celebrado el Carnaval y la última vez que me disfracé posiblemente mi cuerpo aún permanecía imberbe. Sin embargo, este año toca 'hacer lo que viere donde fuere', y en Tenerife el Carnaval es una religión comparable al Jarramplas de los piornalegos.

Fidel no va en chándal en Santa Cruz (Foto: Nami Shion)

Basta con haber escuchado hablar sobre esta celebración a algún oriundo para percibir la increíble ilusión con la que aguardan la llegada de Don Carnal. Como en Piornal, niños, adolescentes, jóvenes, cuarentones y abuelos se disfrazan en Carnaval y, según nos han contado, lo dan absolutamente todo (metiéndose de lleno en el papel que cada uno haya decidido interpretar). Hasta tal punto, que no disfrazarse es, simple y llanamente, hacer el ridículo.

Desde hace semanas, las caceroladas y las repletas tiendas de disfraces vienen recordando lo que se avecina, eso que lleva a las empresas tinerfeñas a colgar el cartel de 'cerrado por Carnaval' durante toda una semana. Y es que la fiesta es sagrada.

Donde fueres...

Tanto se escucha acerca del Carnaval y tanta ilusión se percibe por las calles que esta sensación nos ha contagiado y la disfrutaremos (Auro, Jose y yo) a lo grande, con nuestros cutres disfraces, comprados a ultimísima hora en el Alcampo (para más cojones, en uno madrileño) de obispo, cura y monja sexy (a ver qué tal se lleva la secta católica con la religión carnavalesca...).

Otro frikazo, ¡cómo se lo curra la peña! (Foto: Nami Shion)

Dentro de una semana, o dos, cuando la resaca haya pasado, empezarán a circular por aquí imágenes propias y ajenas de lo que ha dado de sí nuestro bautismo en el Carnaval tinerfeño. ¿Conseguirá captarnos esta potente religión?

2 comentarios:

  1. Me gustaría haber podido grabar la parafernalia con la que nos encontramos una noche, hace ya dos semanas, en lo que era sólo la presentación del Carnaval. Allí estábamos mis padres y yo, sin tener ni idea de qué iba el tema, viendo lo que nos pareció al principio una exposición de coches de época. Pero resulta que dentro de los coches estaban las chicas, todas super peripuestas, y detrás venían un montón grupos musicales –ataviados con colorido trajes- tocando el conocido soniquete del Carnaval. Increíble la que se montó allí en un momento con señoras ya bien entradas en los 60 bailoteando en sus asientos en un coche del 1900 a punto de reventar.

    No sé cómo será el resto a partir de mañana, pero lo que ya he visto es que han protegido todas las flores de la Plaza Weyler, así que me imagino la que se avecina…
    Por cierto, ni de coña se publicará ni una foto de esta humilde sierva del señor, que rendirá pleitesía a Cristo paseando su penitencia por las calles de esta ciudad tomada por la lascivia, la lujuria, el desenfreno, el alcohol y tantas otras cosas más que no me atrevo ni a pronunciar. Qué vergüenza, Señor, qué vergüenza.

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